VII. En el desierto

En el desierto las piedras hablan. No importa que sus preguntas desaparezcan por el viento o la extremada quietud del horizonte.

Rodeado por dunas, vivía extasiado ante la luz del alba. Las nubes depositaban las más bellas ofrendas en las frías aguas de mi cuerpo. Llegué a poblar palabras con antiguos acertijos y supe que el deleite consistía en desear el error y juntar las voces de la noche para contemplar un nuevo rostro limpio entre las rendijas o presenciar la borrosa presencia del mar. Algo extraño presentí cuando de pronto apareció una vaga sensación en mi piel.