VIII. Viaje relámpago al confín de la República (I)
Por motivos de trabajo este año he tenido que realizar varios viajes a las provincias fronterizas del norte. Tres o cuatro horas de viaje para llegar a una escuela en un poblado o municipio, supervisar instalaciones de energía solar y seguir hacia otra escuela en otro lugar. Pueden ser nueve o más horas conduciendo un vehículo.
El viaje empieza temprano del día, antes de salir el sol. Hay que tener tres monedas para el peaje y así ahorrarse una fila y seguir sin contratiempos por la Autopista Duarte hacia el Cibao. Pronto la claridad del sol asoma casi a mi espalda y va ganando terreno mucho más rápido que los 95 kilómetros por hora a los que avanzo.
Amanece.
Sin pedir permiso
la luz avanza.
Las sombras a un lado y otro de la carretera se convierten en suaves colinas o potreros o dilatados arrozales con colinas más altas al fondo, que se debaten entre la niebla y la luz recién nacida.
Como viajo solo me auxilio de la radio para combatir el tedio y el sueño. El paisaje variado me cruza veloz ante los ojos y el tránsito todavía es ligero y la hora fresca. Hay tramos sembrados de naranjales, de acacias jóvenes, hay extensiones de llanura donde la niebla baja simula rebaños de blancos animales, pastando acaso el rocío de la mañana.
Atravieso las estribaciones de la Cordillera Central. Esto es subir por entre diezmados bosques de pino y descender hacia La Vega y Santiago, raudo, como el viento que desciende de las cumbres. Son aproximadamente las 8 de la mañana y me topo con algunos congestionamientos de tránsito en Santiago. En la salida hacia el norte me detengo en una estación de servicio para tomar un rápido y frugal desayuno: un croissant y una bebida fría.
Ahora conduzco, ya pasado Navarrete, en una vía de solo dos carriles de direcciones opuestas. La concentración al conducir tiene que ser mayor pues cualquier pequeño descuido o error puede costar caro. Viajo a unos 85 kilómetros por hora, pero no así muchos de los vehículos que me pasan por la izquierda. El tránsito se ha hecho pesado. Afortunadamente me desvío hacia Mao, por una carretera menos concurrida donde hay arrozales de un verdor gratificante.
Atravesando diversos y apacibles poblados, ríos, cañadas, colinas, subiendo y bajando, más allá de Sabaneta, llego a El Pino, una pequeña comunidad donde está la primera escuela. Todo es muy tranquilo pues estamos en el período de vacaciones de los estudiantes y el personal de la escuela rápidamente me permite ver las instalaciones.
Media mañana
y al mirar hacia arriba
aún la luna.
Rafael García Bidó