VII. El corazón del haiku: Breve presentación de un libro
Pocas veces, al leer un libro de ensayo o de prosa ideológica, he sentido -como en esta ocasión- pena de que el libro se me esté acabando; y al acercarme a su final, he procurado demorarme más en las escasas páginas restantes. Hasta tal punto la obra de Vicente Haya Segovia El corazón del haiku. La expresión de lo sagrado (Mandala ediciones, 2002. Col. Alquitara) ha hecho impacto en mí.
El autor es Doctor en Filosofía por la Universidad Hispalense, y presenta aquí -reelaboradas y bien explicadas, para dirigirse a un amplio público lector- las reflexiones de su tesis doctoral, ilustradas con abundantes citas de esos minipoemas japoneses llamados haiku, traducidos a conciencia.
El haiku puede llegar a ser una pequeña y grande maravilla poética, una intuición de la naturaleza plasmada en un molde métrico de 17 sílabas (5-7-5: tres versitos). Normalmente lleva una "palabra de estación" referente a algún elemento natural -insectos, flores, pájaros, fenómenos meteorológicos, etc.-, que asegure la conexión de tal poema con la vida cósmica.
El haiku más famoso de toda la historia de este género poético -que sólo cuenta cuatro siglos escasos de existencia- es el siguiente, debido a Matsuo Bashoo (siglo XVII):



Un viejo estanque:
al saltar una rana,
ruido en el agua.
Se advierte en esta pequeña escena la conjunción de un componente eterno (que seguramente existe desde siglos atrás) -el estanque- y un componente instantáneo -el salto de la rana-, que aporta vida. El "ruido en el agua", expresado austeramente y sin onomatopeyas efectistas, testimonia el encuentro de lo eterno con lo temporal. Asimismo, da fe de la "visión" del poeta.
Haya ve un trasfondo más amplio en este mismo haiku -tomado aquí como ejemplo-, descubriendo en él tanto matices budistas, como otros shintoístas, taoístas, animistas, propios del Zen... El ejemplo es significativo, pues el autor trata de desvincular el haiku de cualquier religión reconocida, para mostrarlo como una expresión de "lo sagrado" que late en la conciencia de todo japonés; lo cual, si tratamos de expresarlo, definiríamos como un "estar en la naturaleza", manteniendo ante ella la sensibilidad bien abierta, y esa actitud de perpetuo asombro que caracteriza a un niño.
Preciosa tesitura de espíritu, ciertamente, por cuanto tiene de receptividad y apreciación de la vida. Haya nos remite a los primeros testimonios de esta sensibilidad, que se encuentran en el Manyooshuu (antología de "las diez mil hojas"), primera recopilación de poesía japonesa, que data del siglo VIII d.C. (antes del asentamiento y difusión del Budismo, y con gran anterioridad respecto a la entrada del Zen en Japón -s. XIII-). El paralelismo comparativo entre dicha antología y los haiku es una constante muy enriquecedora en la obra de Haya.
No está de más -apostillaré como corolario- considerar que la conocida frase evangélica de Jesús de Nazaret "Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" puede aplicarse también -merced a los descubrimientos de la obra comentada- al reino de la poesía. Creo que es un reto hacernos como niños para poder gozar espiritualmente con el mundo del haiku.
Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala
Universidad de Sevilla